Publicado el: 2026-09-09
Actualizado el: 2026-09-09
El petróleo volvió a situarse este martes en una zona que los mercados no pueden ignorar. El Brent llegó a cotizar alrededor de US$99,5 por barril, alcanzando máximos de varias semanas y quedando nuevamente a las puertas de los US$100, después de una nueva escalada de las tensiones en Medio Oriente. Durante la sesión posteriormente moderó el avance hacia la zona de US$97, pero el mensaje entregado por el mercado energético permanece intacto: la prima de riesgo geopolítico continúa elevada.
Los últimos movimientos tienen un componente directamente relacionado con la oferta. Los ataques de fuerzas hutíes respaldadas por Irán alcanzaron instalaciones energéticas en Arabia Saudita, mientras el tráfico por el Estrecho de Ormuz continúa fuertemente restringido. Antes del conflicto, aproximadamente 20% del suministro mundial de petróleo transitaba por esta ruta, mientras durante este lunes solamente siete embarcaciones de materias primas lograron atravesarla.
Sin embargo, la importancia de los US$100 va bastante más allá del petróleo. Si el Brent logra superar este nivel y permanece allí durante un periodo prolongado, el problema podría trasladarse desde los mercados energéticos hacia la inflación, los bonos, las decisiones de los bancos centrales y finalmente las bolsas.

El mercado ya vivió durante 2026 un episodio mucho más agresivo. Tras el inicio del conflicto con Irán, el Brent llegó a aproximarse a US$120 por barril en marzo, para posteriormente retroceder a medida que disminuyeron algunos temores inmediatos sobre el suministro. Ahora vuelve a acercarse a tres dígitos, aunque bajo condiciones diferentes.
La preocupación actual no depende exclusivamente de que el Brent toque US$100 durante algunas horas. El verdadero riesgo está en cuánto tiempo puede permanecer en niveles elevados.
Un aumento puntual del petróleo puede tener un efecto limitado sobre la inflación. Una permanencia prolongada sobre US$100 es diferente, porque aumenta la probabilidad de que el encarecimiento energético comience a transmitirse hacia combustibles, transporte, logística y costos de producción.
Además, el mercado enfrenta problemas que no se limitan al barril de crudo. Las interrupciones en refinerías de Medio Oriente, Rusia y otras regiones han reducido la disponibilidad de combustibles, mientras los precios estadounidenses de la gasolina y el diésel han alcanzado niveles récord recientemente. Ejecutivos de la industria también advierten que la oferta mundial de diésel podría mantenerse ajustada durante el invierno.
Por eso, el riesgo inflacionario no necesariamente necesita un Brent en US$120 para reaparecer. Un petróleo estable alrededor o por encima de US$100 podría ser suficiente para modificar las expectativas de inflación si el shock persiste.
Esta situación aparece precisamente cuando los bancos centrales intentan determinar si las tasas actuales son suficientes para controlar definitivamente la inflación.
Estados Unidos ofrece uno de los ejemplos más claros. El sólido informe laboral de agosto ya había provocado una revisión de las expectativas sobre la Reserva Federal y ahora el encarecimiento energético agrega una segunda fuente de presión.
Los mercados asignan aproximadamente un 60% de probabilidad a un aumento de tasas en la reunión de septiembre de la Fed, frente a cerca de 50% antes de conocerse las últimas cifras laborales. El próximo IPC estadounidense será especialmente relevante para determinar si el fortalecimiento del empleo y el petróleo comienzan a configurar un escenario todavía más restrictivo.
El problema se extiende fuera de Estados Unidos. El gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, advirtió este martes que el conflicto con Irán y las restricciones sobre Ormuz representan riesgos alcistas para la inflación, precisamente por sus efectos sobre los precios energéticos y la capacidad mundial de refinación.
Esto plantea un escenario incómodo para las autoridades monetarias. Subir las tasas no produce más petróleo ni desbloquea rutas marítimas, pero los bancos centrales tampoco pueden ignorar un shock energético si comienza a trasladarse de manera persistente hacia otros precios.
Por esa razón, un Brent sobre US$100 podría retrasar recortes de tasas o incluso reforzar nuevos aumentos en aquellas economías donde las presiones inflacionarias continúen siendo elevadas.
El impacto ya está apareciendo en otros activos.
Wall Street retrocedió durante la jornada del martes mientras el mercado evaluaba simultáneamente la escalada del petróleo y las perspectivas de tasas. El Dow Jones llegó a caer alrededor de 1%, mientras el rendimiento del bono estadounidense a diez años se aproximó nuevamente al 4,8%.
La combinación es especialmente delicada para las compañías tecnológicas y de crecimiento. Cuando aumentan los rendimientos de los bonos, los flujos de caja futuros utilizados para valorar estas empresas se descuentan a tasas superiores, reduciendo el atractivo relativo de valorizaciones elevadas.
En cambio, las compañías vinculadas directamente con la producción energética pueden encontrar un entorno más favorable si los precios del petróleo permanecen elevados, aunque incluso allí será necesario distinguir entre productores, refinadores y empresas expuestas directamente a las zonas de conflicto.
Para el mercado en general, el peor escenario no sería simplemente petróleo caro. Sería petróleo caro acompañado por inflación resistente y rendimientos de los bonos persistentemente elevados.
Ese escenario reduciría el margen de maniobra de los bancos centrales y volvería más exigentes las condiciones financieras globales.
La evolución del petróleo durante las próximas semanas dependerá principalmente de cuánto daño efectivo produzca el conflicto sobre la capacidad de transportar, producir y refinar crudo.
Arabia Saudita había conseguido utilizar rutas hacia el Mar Rojo como alternativa parcial a las restricciones en Ormuz. Los ataques hutíes de este martes alcanzaron precisamente instalaciones energéticas sauditas y aumentaron las dudas sobre la seguridad de esa vía alternativa.
El mercado comienza además a asumir que la normalización podría tardar más de lo inicialmente previsto. Goldman Sachs, HSBC y otras instituciones han elevado sus previsiones para el petróleo durante el resto de 2026 y 2027, reflejando la posibilidad de que las interrupciones regionales sean más persistentes.
También existen factores capaces de contener los precios. Las reservas disponibles, una eventual normalización de otros productores y una demanda más débil pueden actuar como contrapeso. Las importaciones chinas de petróleo, por ejemplo, mejoraron en agosto respecto de julio, pero permanecieron 23,4% por debajo del mismo periodo del año anterior.
Por eso, alcanzar US$100 no garantiza automáticamente una nueva escalada vertical del Brent. La duración y profundidad de las interrupciones será mucho más importante que el número por sí solo.
El petróleo vuelve así a conectar tres mercados que durante los últimos años han estado estrechamente relacionados: energía, bonos y acciones.
Mientras el Brent permanezca cerca de US$100, el mercado deberá incorporar una prima de riesgo relacionada no solamente con Medio Oriente, sino también con la posibilidad de que la energía vuelva a retrasar el proceso de normalización inflacionaria mundial.
Si las tensiones disminuyen y las rutas comerciales recuperan progresivamente su funcionamiento, parte de esa prima podría desaparecer con rapidez. Pero si los ataques continúan extendiéndose hacia infraestructura energética y nuevas rutas de transporte, una permanencia sobre US$100 dejaría de ser un escenario excepcional.
El riesgo más importante para los mercados no está, por tanto, en que el petróleo atraviese momentáneamente una cifra redonda. Está en que los US$100 se conviertan nuevamente en el piso del mercado y no en su techo. En ese escenario, la crisis de suministro comenzaría a transformarse en algo mucho más complejo: un nuevo shock inflacionario capaz de condicionar las tasas de interés, los bonos y las bolsas durante los próximos meses.